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Aracataca es un universo

Mario Vargas Llosa

Aracataca no es pueblo perdido, ahogado de calor y olvidado de Dios y de los hombres, entre los desiertos, el mar y las montañas de Colombia.  Aracataca es un universo, detrás de cuyas frágiles viviendas de tablones y calaminas chisporrotean las mil y una aventuras y los más extraordinarios personajes de la creación.

Pregúntenle, si no se lo creen, al más ilustre de los hijos del lugar, el señor Gabriel García Márquez, escribidor de profesión, quien asegura que la epopeya de  Cien años de soledad y las fulgurantes historias de Macondo, las escuchó de niño, de boca de su abuela y otras vecinas del lugar, grandes conversadoras, cuyos cotorreos, chismografías, maledicencias y fantasías fueron el barro que su memoria preservó y le sirvió luego para amasar sus fabulosas invenciones.

Por eso, si llegan a Macondo –quiero decir, Aracataca-, no se dejen ustedes engañar por las apariencias.  A primera vista, se diría que aquí no ocurre nada, que el bochorno ha vuelto indolentes a las gentes, y que la principal ocupación de todo el mundo es dormir la siesta, de preferencia en una hamaca, o tomar una cerveza bien fría en el barcito de la esquina, oyendo salsas y ballenatos.  ¡Gran mentira!  Aquí, todo el mundo, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, andan ocupadísimos.

¿Qué hacen?  Pues, soñar, fantasear, inventar.  La más ilustre y la más antigua de las tareas humanas: imaginar, partiendo de este mundo, otro, más original, más bello, más perfecto, y, mediante un movimiento de la sensibilidad y de la mente, trasladarse allí a vivir mejor.  Por eso, si ustedes, guiándose de las apariencias, se creen que somos pobres, se equivocan.  En realidad, si entran a la verdadera Aracataca, la del sueño, comprobarán que somos riquísimos, las mujeres y los hombres más prósperos de todo el planeta.  Y, también, los de existencias más inquietas, sorprendentes y lujosas.
En nuestro universo, no existe lo imposible, todo puede ocurrir.  Salir el sol en las noches y la luna en el día e interrumpirse la ley de la gravedad para que las gentes puedan darse un paseíto entre las nubes, si les apetece.  Aquí, los gordos son flacos, los flacos gordos, las feas bonitas, los niños viejos, los perros maúllan y los gatos ladran, y los vivos, los muertos y los fantasmas son indiferenciables, igual que los ratones y las mariposas, dos aves de corral.

Para conocer a la verdadera Aracataca hay que cerrar los ojos y dejar que la fantasía se ponga a cabalgar.

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