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Cementerio de Cuzco

Mario Vargas Llosa

Como nacemos para morir, la muerte dura mucho más que la vida, y el cemeterio, donde vamos a reposar durante toda la eternidad, es nuestro verdadero hogar.  Nuestra vivienda, nuestro barrio, nuestra aldea, son lugares de paso nomás, albergues o posadas de viajeros.  El cementerio, en cambio, es una residencia permanente, de la que un cristiano ya no se muda más.

Nosotros no tenemos miedo a la muerte.  ¿Por qué tendríamos?  Que quede eso para quienes viven aquí muy bien, sin preocupaciones, ni desgracias, en este mundo pasajero. Para quienes lo tienen todo, salud, trabajo, riqueza, diversiones, seguridad, se comprende que la muerte, con sus incertidumbres y misterios, aparezca como una amenaza.  Pero, para quien la vida es un verdadero viacrucis desde que sale del vientre de su madre hasta que lo entierran, la muerte parece más bien una solución, un descanso. Peor que esto no puede ser, así que sin duda será mejor.  Por eso, a nosotros no nos asusta la muerte; al contrario, nos codeamos con ella todo el tiempo, e, incluso, la vemos con mucha simpatía.  Será por eso que somos tan religiosos: porque la religión nos enseña que lo verdaderamente importante no es esta carne efímera que llevamos encima, cubriendo nuestra alma, sino lo que hay en nosotros de inmortal, eso que quedará para siempre cuando a nuestro miserable cuerpo se lo coman los gusanos.

Y será por eso también que cuidamos tanto de los cementerios.  Tener un buen entierro, si es posible con un nutrido velatorio, y un cajón bien resistente, bien pintado, y un nicho de verdad, donde se pueda encender una vela, colgar una cruz, una fotografía coloreada, un Niño Jesús o una Virgen y un Santo, y donde las visitas puedan dejar ramitos de flores, es la máxima aspiración de cualquiera que no haya perdido la dignidad.

Nosotros en mi familia no la hemos perdido.  Y ahí está la prueba, en este altar que hemos levantado en la tumba del abuelo.  Ahí, en pequeño, está todo lo que le gustaba: los santos de su devoción, su escapulario, su misal, los diplomas que recibió, sus medallas, y las flores de cera que tenía en su velador.  Y hasta el espejito roto ante el cual se afeitaba, los domingos, para ir a misa.  Yo no tengo recuerdos directos de mi abuelo, porque nací después de que se murió.  Pero tanto he oído hablar de él a mi madre y mis parientes, que es como si lo hubiera conocido.  Por eso, cuando vengo al cementerio a rezar por él, me emociono y lagrimeo.  Además, como en cualquier momento me tocará también morir, sé que pronto lo conoceré: “Hola, abuelo”, le diré.  Y él: “Hola nietecita.  Te estaba esperando”.

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