Pablo Corral Vega El hombre, la ciudad y los c√≥ndores « pablocorralvega.com

El hombre, la ciudad y los cóndores

Mario Vargas Llosa

En los Andes, el ser humano tiene vocaci√≥n de c√≥ndor: subir, trepar las escaleras del aire, volar por encima de las nubes, divisar la tierra all√° abajo, a los pies. Que lo digan, si no, esas ciudades que como Quito, La Paz y Cusco son tan altas que, m√°s que aglomeraciones humanas, parecen nidos de esas grandes y orgullosas aves que, desde los alt√≠simos picachos andinos, avizoran el paisaje en busca de presas sobre las que, una vez que las descubren, se precipitan como b√≥lidos. No es imposible que ahora mismo, en este crep√ļsculo azul que se est√° volviendo noche, haya una hilera de c√≥ndores encaramados en una de las cumbres que rodean a Quito, contemplando, entre enfurecidos y asustados, el soberbio espect√°culo. ¬ŅQui√©nes osaron subir hasta semejantes alturas? ¬ŅQui√©nes construyeron sus refugios en estos ventisqueros y altiplanicies donde, por siglos de siglos, s√≥lo se aventuraban los c√≥ndores?

Las ciudades andinas atestiguan, cada una de ellas, la aventura heroica de muchas generaciones, para, venciendo los enormes obst√°culos que una geograf√≠a endemoniada les opon√≠a, levantar viviendas, amansar la tierra, aclimatar los animales y hacer la vida vivible para los pobladores. Ese manto de luci√©rnagas que se vuelve Quito cada noche, prueba que aquella empresa audaz, la conquista de los Andes por la civilizaci√≥n humana, no ha terminado todav√≠a ni, sin duda, terminar√° nunca. Porque la naturaleza andina nunca ha sido dominada del todo, humanizada por el comercio con el hombre, como ocurre con otras geograf√≠as, en Europa o Am√©rica del Norte. Todav√≠a conservan algo ind√≥mito e incontrolable estas cicl√≥peas monta√Īas, que, a veces, desatan su c√≥lera en forma de terremoto o aludes, esos ‚Äúhuaycos‚ÄĚ que sepultan pueblos enteros y siembran a su paso el terror y la muerte.

Por eso, no hay que fiarse de paisajes tan id√≠licos y suntuosos como √©ste, el de la mir√≠ada de luces de la altiva Quito, titilando en la noche. Porque all√°, al fondo, maciza e intangible, la monta√Īa de nieves eternas se mantiene siempre al acecho, en actitud beligerante.

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