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Mister Músculos

Mario Vargas Llosa

Sacar esos bíceps y pectorales me costó sangre, sudor y lágrimas.  Es decir, horas de horas en el gimnasio haciendo ejercicios,  unas dietas estrictas, y quitarme el cigarrillo y el trago.  Para tener un cuerpo así, de concurso de esculturismo, hay que tener una voluntad de hierro y una gran disciplina.  Yo, afortunadamente, tengo ambas cosas.

Me he propuesto conservar estos músculos intactos y llegar un día a los Estados Unidos donde un hombre con un cuerpo como el mío puede hacer carrera.  Exhibirse en cabarets, hacer de extra en las películas, participar en campeonatos, abrir una academia de cultura física o contratarse para fotos y películas publicitarias.  Estoy seguro que un tipo con músculos como los míos, allá, en Estados Unidos, se llena de plata.

Aquí, en cambio, estoy desperdiciado.  Sólo los chiquillos del barrio saben apreciar el esfuerzo y los sacrificios que exige tener un cuerpo como el mío.  Cuando me saco la camisa y les hago una demostración, abren los ojos con envidia.  “¿Puedo tocar?”, me preguntan.  Y, si les digo que sí, se maravillan con la dureza de mis músculos.  “Como piedras”, dicen.

Los trabajos que me han ofrecido hasta ahora son ridículos.  El primero fue en un circo de paso, que vino para las Fiestas Patrias.  Mi número se llamaba “El desafío del forzudo” y consistía en desafiar a cualquier espectador a hacer fuerza conmigo, a ver quién doblaba el brazo primero.  Yo ganaba siempre, por supuesto.  Ese número, pase.  Pero, además, había otro, en el que yo salía con los payasos, que hacían reír a la gente tomándome el pelo y haciéndome pasar por un imbécil.  Cuando el circo se marchó, me propusieron que me fuera con ellos y les dije nones.

El otro trabajo era todavía más deprimente.  Vigilante del orden en una  boite prostibularia.  Consistía en separar a los que se peleaban, poner en su sitio a los matones, y echar del local a los que andaban muy borrachos.  Todo eso era muy deprimente.  Lo único bueno del trabajo ése eran las chicas.  Las que bailan en el  show y las que hacen tomar trago a los clientes.  Simpáticas y algunas querendonas.  Pero tampoco me gustó eso de pasarme la vida entre noctámbulos y respirando alcohol y humo, dos venenos para mis músculos.

Por eso, tengo que irme, a California o a Miami.  Volveré cuando sea rico y famoso y haya salido retratado en los periódicos.  Aquí, entonces, el alcalde me pondrá una medalla y les dirá a los chiquillos, señalándome: “Mente sana en cuerpo sano. Aprendan de su ejemplo”.

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