Este es mi tango

Este no es EL tango, es simplemente mi tango. Y cada quien tiene su historia, sus gozos y dolores, sus desgarres y traiciones, sus muertos, sus amores. Su propio tango.

La mayor parte de estas fotos estuvieron guardadas más de una década. Me dolía demasiado verlas. En ellas podía recordar a mi viejo, al doctor Julito, en el último viaje de su vida. Lo veía caminando por las calles de Buenos Aires, dulce y distraído. En ellas veía a la Eulalita, mi madre, con toda la angustia apretada en el pecho: la certeza de que ese viaje era una despedida.

No quería que mis padres me visitaran en Buenos Aires. Sabía que, si lo hacían, mi tango, ese dulce tango en el que me había volcado con tanta devoción, quedaría para siempre marcado por mi historia familiar.

Cuando recuerdo los meses finales del año 2002, pienso en mi buhardilla del Hotel Plaza. Me alojaba en un noveno piso, sobre las copas de los árboles. Desde mi balcón veía la lluvia, la estación de Retiro, el Río de la Plata a la distancia.

El Río tiene vida propia. A pesar de que la ciudad le da las espaldas, su presencia telúrica marca la vida de Buenos Aires. A veces se pone de un color chocolate y se ve cómo las nubes oscuras se arremolinan a la distancia. Cuando se forman esos sistemas de baja presión sobre el Río hay algo, una tristeza oscura, antigua, que todo lo invade. No, no cae la lluvia, cae una tristeza fina que se puede palpar, una tristeza que anega el alma.

Recuerdo sensaciones, imágenes. Recuerdo una de esas tardes-remolino, mi padre recostado en mi buhardilla, enfermo. Los médicos no sabían qué tenía. Mi madre en el balcón, empapándose con la lluvia, doblegada, sin esperanza. Y la tristeza que caía fina invadiendo todos los resquicios.

Ese fue el comienzo de la etapa más negra de mi vida. Todos los ladrillos con los que había construido mi identidad su fueron desmoronando. Murieron mis padres, me robaron mis ahorros, perdí a la mujer que quería, perdí mi trabajo. Me envenenaron y estuve muy cerca de perder mi vida. El fotógrafo de National Geographic, exitoso, joven, triunfador había desaparecido, arrastrado por un oscuro remolino. Arrastrado por un tango exagerado y caprichoso. Mi tango.

Cuando estaba en terapia intensiva producto del envenenamiento, lo único que parecía aliviar el dolor era la música. Escuchaba música a toda hora, especialmente a Bach. Recuerdo una noche, mi vecino de habitación había muerto y su familia lloraba desconsolada. Yo sabía que estaba más cerca de allá que de acá, me costaba respirar, solo quería cerrar los ojos y perderme. Se acercó un médico. Lo reconocí inmediatamente. Era quien me trajo al mundo, un médico que había muerto muchos años antes. ¿Por qué lo vi en esa noche? ¿Era un segundo nacimiento?

Qué poco sabía del dolor, qué poco sabía de las tristezas, qué poco sabía de la traición. Qué poco entendía del tango.

¿Te imaginas al dolor huesudo, desnudo como un golpe seco? ¿Te lo imaginas parado frente a ti, adusto, en eterno y absoluto silencio? ¿Te puedes imaginar un dolor que solo duele? ¿Y que duele además sin vida, sin afectos, sin ternura, sin belleza? Un dolor brutal, helado, cruel.

Un dolor así sería insoportable, incomprensible. Los seres humanos necesitamos embellecer el dolor, vestirlo de música, de poesía, de amigos y abrazos, de recuerdos. Necesitamos humanizar el dolor, arroparlo, darle la bienvenida, engalanarlo, bailarlo con devoción y ternura.

Creo que allí, en esa cama de hospital, me acerqué por primera vez a la definición de tango de Discépolo: “Tango es un sentimiento triste que se baila”. Sí, se trata también de una tristeza seca, huesuda, de esas tristezas que nos impone la vida. Los seres humanos tenemos la posibilidad, el poder de embellecer incluso ese dolor con la música, con el abrazo, con el movimiento, con la poesía.

Mi reencuentro con el tango

Hace unos meses estuve en Camogli, un pequeño pueblo de la Liguria italiana. Había un grupo de gente bailando tango, una milonga sencilla e improvisada junto al mar. ¿Qué hacían allí la orquesta cadenciosa y triste de Aníbal Troilo, las letras de Pascual Contursi? ¿Por qué sonaba esa tarde, a través de los mares y los años, la dulzura acompasada del gran Pugliese? Era una tarde luminosa, bendecida. Los niños jugaban, imitaban el baile de los adultos. Los bailarines cerraban los ojos y se dejaban llevar por la música y por el sonido del mar. Ahí estaba el barullo, la vida desplegada, cargada de dulzura y de nostalgia, rica, compleja, confusa, llena de amores y desamores. Ahí estaba el tango, mi tango.

No soy argentino o uruguayo, pero ese tango que escuché en Italia era mío. Me había ganado el derecho de llamarlo mío a punta de trabajo, de lágrimas, de silencios, de abandonos, de tristezas. Me reconocía en él, me sentía orgulloso de él. Allí supe que tenía que publicar este libro, cerrar el círculo que quedó trunco.

Me recordé a mi mismo en Buenos Aires, explorando la noche, cenando con los amigos en el restaurante Undici. Me recordé gozoso, enamorado de la vida. Agradecido. Riendo despreocupado. Recordé mi buhardilla y lo feliz que fui mirando la ciudad pasar. Recordé las noches escuchando tango en el Bar de Roberto y fotografiando en Gricel, Sunderland o Niño Bien. Pensé en los amaneceres junto al río, luego de una noche entera de tango. Recordé esa noche en El Beso en que Tito —el milonguero que se convirtió en mi guía en el laberinto de la noche porteña— me invitó a sentarme en su mesa por primera vez. Y recordé cuando el gran Gavito me dio permiso para fotografiarle porque “me había tomado el tango en serio”.

Y recordé que fotografiar es solo una deliciosa excusa para vivir.

Recordé a esa hermosa porteñita que era la frescura, la risa. Era una niña. Mezcla deliciosa de curiosidad por el mundo, deseo irrefrenable de vivir… y temor. El temor la hacía más bella. Mi corazón bailaba cada vez que la veía.

Recordé los incomprensibles caminos del bobo o corazón en lunfardo —el dialecto de los tangueros—. “Bobo, bobito”, le decía a mi corazón, “¡por qué eres tan bobo! ¿Por qué eres tan soñador y enamoradizo?”. Y el bobo, mientras más bobo, era más feliz.

Imperfectos, deliciosamente imperfectos. Así eran mis héroes de los tangos y así eran mis amigos milongueros. Le apostaban a la vida: “Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura”.

 

El paso del tiempo

Han pasado exactamente veinte años desde la primera vez que fui a Buenos Aires y entré a un show de tango. La música la podía reconocer, era la misma que cantaban mis tíos emocionados en las reuniones familiares en Cuenca o la que golpeteaba mi madre en el piano de la casa. El baile, en cambio, me resultó foráneo. Las faldas cortas, la sensualidad exagerada, las piernas al aire, los rostros orgásmicos, me parecieron pobres, limitados. Esta gente debería estar en un lugar íntimo, privado, no subida a un escenario… pensé.

La exageración hace que la sensualidad se vuelva trivial, la despoja de su complejidad. El tango-baile me había decepcionado. No lograba relacionarme con él, era una puesta en escena para turistas, un género acotado por la falsedad. Pero la música, ¡ella sí que conservaba su alma! Una música centenaria, rica, extraordinariamente diversa, plena de poesía popular, territorio de grandes compositores y grandes intérpretes.

La música me llevó de regreso a Buenos Aires.

En mis sucesivos viajes, aprendí que hay dos géneros de tango-baile: el tango show (con sus piernas al aire, sus piruetas y su sensualidad enlatada) y el tango al piso, el que se baila para uno mismo, en silencio e intimidad. Son mundos aparte. El uno está en las calles y en los shows para turistas; el otro está en las milongas, en espacios cerrados y oscuros.

Cuando miro las fotos de 2001 y 2002, especialmente las de las fiestas, siento una profunda nostalgia. Eran tiempos felices, venturosos. ¡Cuántos tangueros se han ido! Falta Gavito, falta Teté, falta Pepe Libertella, falta Pichuquito, falta Pipa, falta Osvaldo Zotto, falta Carlos García. Han pasado diez años y el paso del tiempo ya se nota en los rostros de los amigos de la noche porteña. Esta es la última generación de milongueros que vivió los tiempos dorados del tango de los cincuenta y sesenta, cuando se organizaban bailes con la música de las grandes orquestas. Cuando ellos no estén, el tango se quedará huérfano, habrá perdido su épica.

He regresado todos los años a Buenos Aires y he visto la transformación de las milongas. Ahora están llenas de turistas y muchos de los viejos milongueros ya no están. En este libro hay fotos desde el año 1996 hasta el presente. Un proyecto sobre el tango no debía, no podía hacerse en menos tiempo.

El tango está atravesado por la nostalgia, marcado por la aguda conciencia de que la vida se va, arrastrada por un remolino. El paso del tiempo es el alma invisible del tango. Ahí está el “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar”. O esa frase magnífica de Santos Discépolo en Uno: “Si yo pudiera como ayer, querer sin presentir…”.

En el tango está siempre el ayer que no ha de volver. Y está el hoy al que nos aferramos en vano afán. Esa tensión entre el pasado y este presente destinado a convertirse en nostalgia, es la tensión esencial del tango. Mientras más intensa es la vida hoy, más intensa será la nostalgia mañana.

Y sin embargo, tomamos la decisión de vivir, de sentir, de amar, de equivocarnos. Nos abrazamos el uno al otro para salvarnos del remolino que todo lo arrastra. Sabemos que de nada servirá. Pero no importa.

La muerte, los abandonos, los desamores, las enfermedades, las traiciones causan dolor. Ya tendremos la opción redentora de humanizarlo, de embellecerlo.

Cada quien tiene su propia historia. A partir de ella, tenemos el material para construir un tango gozoso, triste, sentido, profundo: complejo. Estas páginas son simple testimonio de mi historia, de mi tango.

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