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Pablo Corral Vega Pr√≥logo de Mario Vargas Llosa « pablocorralvega.com

Prólogo de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

TODA obra de arte genuina es un desmentido de los estereotipos, una recusación de las visiones prejuiciadas y falaces de la realidad humana. El gran mérito de este documental fotográfico de Pablo Corral sobre la Cordillera de los Andes, que corta transversalmente la América del Sur a lo largo de 8,500 kilómetros, es mostrar, en imágenes de una gran originalidad y belleza, la verdad profunda de un mundo cuya complejidad y diversidad desaparecen a menudo detrás de las visiones unilaterales y los lugares comunes que suelen representarlo.

Cuando uno cierra los ojos y piensa en los Andes a la distancia, la primera imagen que suele acudir a la mente es la de un paisaje deshumanizado, de cordilleras de cumbres enhiestas y nevadas, abismos vertiginosos, y vastas soledades donde planea a veces un solitario c√≥ndor, o profundos valles donde asoman, con sus grandes ojos asustados, los reba√Īos de llamas, los guanacos, y las delicadas vicu√Īas organizadas en grupos familiares en los que a cada macho rodean siempre sus tres o cuatro concubinas. Y, la segunda, la de un territorio hist√≥rico, prehisp√°nico, dominado por las ruinas de las civilizaciones y culturas extinguidas, cuyos templos, fortalezas, caminos, ciudades, dioses, hay que tratar de reconstruir con la imaginaci√≥n, a partir de los restos arqueol√≥gicos que de ellas han sobrevivido a la usura del tiempo.

En las fotograf√≠as andinas de Pablo Corral el protagonista no es nunca la naturaleza ni la historia pasada, sino el ser humano y la actualidad, la historia que se va haciendo. El entorno natural est√° presente, desde luego, en toda su espectacular magnificencia, y tambi√©n la grandeza de aquellos ancestros que, cientos de a√Īos atr√°s, venciendo indescriptibles obst√°culos, consiguieron implantar la agricultura, levantar imperios y organizar sociedades en una de las geograf√≠as m√°s duras del planeta. Pero, naturaleza e historia s√≥lo cuentan para el lente de Corral en funci√≥n de la vida presente, como elementos que permiten entender de manera cabal la problem√°tica social andina contempor√°nea. La fotograf√≠a, para √©l, es un arte, desde luego; pero un arte que permite acercarse a los seres humanos y entenderlos.

En una de las m√°s impresionantes im√°genes de este libro, aparece, como una ballena que surcara el cielo, emergiendo entre las nubes con su lomo ocre y nevado, la formidable osatura gran√≠tica del monte Fitz Roy, en Argentina. Los rayos del sol doran sus cumbres, pero, en el primer plano de la imagen, que muestra una de las laderas m√°s bajas de la monta√Īa, ya ha ca√≠do la noche. Sin embargo, lo que carga de dramatismo y significado a la imagen, no es la potencia abrumadora de este mundo natural, sino lo fr√°gil e insignificante que, comparado a ella, resulta el ser humano, ese invisible poblador de la min√ļscula aldea que, como escabull√©ndose, asoma al pie de la cicl√≥pea cordillera, en forma de un reguero de viviendas casi invisibles, que parecen copos de nieve rodados de lo alto. El contraste es de un gran efecto pl√°stico; y es, asimismo, una l√ļcida descripci√≥n del ind√≥mito esp√≠ritu, la f√©rrea voluntad y el callado hero√≠smo que hicieron falta para que los seres humanos echaran ra√≠ces en los Andes. Y una prueba de c√≥mo vivir en ciertas regiones andinas, pese a los avances de la modernidad, sigue siendo un combate cotidiano.

Embellecer puede ser una manera sutil de falsear la realidad, si la belleza es una m√°scara para ocultar sus lacras. En las sociedades andinas, como en las de otras partes del mundo, lo bello, lo feo y lo horrible andan mezclados, y suprimir alguno de estos aspectos de la vida andina es caricaturizarla o irrealizarla. Pero hay una manera de acercarse a la realidad en sus aspectos m√°s dolorosos, repulsivos y violentos sin renunciar a esa ambici√≥n de belleza que est√° en el coraz√≥n de una vocaci√≥n art√≠stica. La visi√≥n andina de Pablo Corral no escamotea ni la miseria, ni la marginaci√≥n, ni la discriminaci√≥n y el abandono en que para millones de hombres y mujeres transcurre all√≠ la vida, ni la intolerable injusticia que ello significa. Pero, en sus im√°genes, aun en aquellas donde es patente el primitivismo y el desamparo en que languidecen ciertos poblados andinos, no hay nunca aquella complacencia, aquel regodeo en la exhibici√≥n de los males sociales ‚Äďel miserabilismo-, que convierte a cierto arte comprometido en mero cartel de propaganda, o, peor a√ļn, en un formalismo demag√≥gico privado de √©tica, en un exhibicionismo del dolor ajeno.

En las fotograf√≠as de Pablo Corral hay siempre una esperanza, una afirmaci√≥n de vida, una voluntad de supervivencia aun en las peores adversidades, que se manifiesta en los seres m√°s humildes y maltratados, ya sea por sus semejantes o por las cat√°strofes. Y, acaso, estas im√°genes donde la capacidad de resistir, de no doblegarse ante las condiciones de vida elementales y terribles en que se vive, sean las de mayor fuerza persuasiva de la colecci√≥n. Se trata de seres sobre los que gravita una opresi√≥n de siglos, a quienes se ha explotado, se explota y luego se olvida, conden√°ndolos a vivir en la extrema precariedad, en el riesgo y la continua conciencia de la muerte. Y, sin embargo, ello no les ha quitado la alegr√≠a de vivir, de celebrar sus fiestas, de disfrazarse, de danzar animados por sus bandas de m√ļsica, de pasear a sus santos y v√≠rgenes en suntuosas procesiones. En las aldeas serranas, la c√°mara impregnada de simpat√≠a y solidaridad hacia aquello que va a fotografiar, de Pablo Corral, detecta siempre aquella llamita secreta que nunca deja de titilar aun en la m√°s sombr√≠a circunstancia y cuya filosof√≠a el refr√°n resume as√≠: lo √ļltimo que muere en el ser humano es la esperanza. Por eso, sus im√°genes, incluso cuando enfrentan al espectador con cuadros lastimosos y crueles de la experiencia social, no son nunca pesimistas. Algo porfiadamente luchador y resistente se manifiesta siempre en sus personajes, la callada afirmaci√≥n de que, aunque derrotados por la adversidad y la injusticia, nunca se sentir√°n vencidos. En ese sentido, son ejemplares las fotos que documentan la alegr√≠a y el entusiasmo de la celebraci√≥n de la challa (la bendici√≥n de las cosechas) en el pueblecito de Toledo, en el altiplano boliviano, y la de las dos se√Īoras de Chiquipata, engalanadas de sombreros y ponchos, sentadas en el suelo mis√©rrimo, comadreando alegremente.

Uno de los estereotipos m√°s extendidos sobre la sociedad andina es que ella es esencialmente india, y que lo que no es en ella ind√≠gena, es minoritario, postizo y extranjero. Si esto fue cierto hace quinientos a√Īos, es hoy una absoluta falsedad. El indio, como el blanco, son hoy minoritarios en una sociedad, en la que tambi√©n hay otras razas, como los negros, y cuya inmensa mayor√≠a est√° constituida por mestizos, que han impreso en las ciudades y pueblos de las serran√≠as una poderosa personalidad n√≠tidamente diferenciada tanto de la tradici√≥n ind√≠gena como de las fuentes europeas. No hay que entender este mestizaje en un sentido exclusivamente racial, sino tambi√©n cultural y social. Aunque, en los Andes, hay rastros visibles de la herencia prehisp√°nica, en las comunidades ind√≠genas de la vertiente atl√°ntica sobre todo, en lo que concierne a ritos y creencias, a indumentaria y lengua, y n√ļcleos sociales importantes donde los inmigrantes europeos han preservado sus usos y costumbres de manera poco menos que intangible (en la Patagonia, por ejemplo), lo cierto es que el mestizaje se ha impuesto de una manera abrumadora en el sector urbano y en buena parte del sector rural, y que √©l se manifiesta en la pr√°ctica de la religi√≥n, en las diversiones, en la m√ļsica, en el vestir, en la mitolog√≠a cotidiana y en las formas que adopta la sexualidad.

Todo ello est√° delicadamente documentado por la c√°mara incansable, peripat√©tica, de Pablo Corral, que se sumerge en las densas procesiones de la Semana Santa para ahogarse con el incienso y ayudar a cargar las andas del santo a los hermanos de la cofrad√≠a de San Crist√≥bal, explora los barcitos prostibularios de luces infernales donde se brinda con cerveza helada, se bailan las fren√©ticas salsas y se negocia el amor, se amanece recorriendo las calles con las comparsas de disfraces que celebran los carnavales o se introduce en las viviendas sacudidas todav√≠a por el volc√°n vecino que se despert√≥ de mal humor y decidi√≥ regalarle un terremoto a la ciudad extendida a sus pies. En los comercios, en las f√°bricas, en los ca√Īaverales, en las iglesias, en los mercados, en las esquinas de los barrios, esa c√°mara va registrando las m√ļltiples expresiones de la vida social andina, y lo que descuella en este testimonio es la extraordinaria pujanza de ese mundo, en el que a las enormes dificultades de la lucha por la supervivencia el hombre y la mujer de los Andes de origen criollo ‚Äďlos mestizos- oponen una reciedumbre acompa√Īada de picard√≠a y de ingenio, y a menudo de buen humor. Los criollos no renuncian jam√°s a la sonrisa, porque para ellos la vida ‚Äďcualquier vida- siempre vale la pena de ser vivida. Eso es lo que parecen decirnos los pescadores de Santa Marta, en Colombia, dejando que la bocanada rojiza del sol del crep√ļsculo los vaya incendiando, la pareja que se abraza con furia en el Barrio Triste de Medell√≠n, o el solitario caballero de pantal√≥n blanco y sombrero de paja que, a las orillas del Caribe, contempla el caluroso vac√≠o, perdido en la nostalgia y el recuerdo.

Una de las ense√Īanzas que resulta de este recorrido por la Am√©rica andina, de la mano de Pablo Corral, es la unidad que la sostiene, por debajo de las absurdas divisiones fronterizas. Aunque, en su nomenclatura pol√≠tica, conformen pa√≠ses soberanos, las diferencias son tan m√≠nimas, tan artificiales, entre unos y otros, que lo que prevalece, para una mirada objetiva y desapasionada, de conjunto, es la indestructible unidad que establecen la brav√≠a geograf√≠a, la historia com√ļn, la composici√≥n √©tnica plural, la compartida problem√°tica. Eso es lo sustancial, y no las fronteras que trazaron, siglos atr√°s, sobre imperfectos mapas, unas manos interesadas e ignaras que separaron absurdamente lo que la raz√≥n y el simple sentido com√ļn incitaban a mantener unidos. Desde luego que hay diferencias en el mundo andino: sociales, econ√≥micas, culturales, √©tnicas. Pero estas diferencias no corresponden a las naciones, ellas cortan verticalmente a los Estados y establecen identidades y semejanzas por encima o por debajo de las demarcaciones pol√≠ticas que convirtieron a la Am√©rica del Sur en un archipi√©lago de pa√≠ses en vez mantener su unidad ‚Äďsu unidad pol√≠tica en su diversidad ling√ľ√≠stica y cultural- como ocurri√≥ en los Estados Unidos.

Lo que hay de homog√©neo y de heterog√©neo en el mundo andino aparece en las im√°genes de este libro en su verdadera perspectiva, que no es la que fingen las demarcaciones fronterizas. Sino la determinada por el orden natural, por la cultura y la historia. Aunque la sociedad andina aparece como un hervidero de modos de vivir, de tradiciones contrastadas, de razas y de etnias, el com√ļn denominador que hace coexistir a esa variedad humana se manifiesta siempre, de manera inequ√≠voca, en las fotos de este libro. Y acaso el factor primordial de ese v√≠nculo sean los Andes, esa formidable cadena de monta√Īas que es el espinazo de la regi√≥n, un escenario que ha impuesto unas determinadas formas de existencia ‚Äďdesde la manera de trabajar la tierra hasta la relaciones entre las personas- a la que todos los pobladores de la sierra han tenido que plegarse, acerc√°ndose de este modo a un modelo com√ļn, pese a las diferencias que cada vecino, colono, conquistador o inmigrante, trajera consigo.

Durante la primera mitad del siglo veinte, cuando en toda Am√©rica Latina, por influencia inicial de la revoluci√≥n mexicana, se desarroll√≥, en la literatura y las artes pl√°sticas, un movimiento llamado indigenista, de exaltaci√≥n del paisaje y del ind√≠gena, la naturaleza aparec√≠a casi siempre, en las novelas, murales y cuadros de los escritores y artistas indigenistas, como una fuerza destructora y temible, frente a la cual la empresa humana era casi siempre impotente. La selva, la monta√Īa, el embravecido r√≠o se tragaban a los seres humanos, desbarataban sus designios de dominaci√≥n, destru√≠an sus sue√Īos. El mundo natural era el enemigo. Es muy distinta la imagen de los Andes que trazan las fotograf√≠as de Pablo Corral. La potencia de la monta√Īa es reconocida, desde luego, y tambi√©n los peligros que entra√Īa, esa violencia que encarnan, antes que nadie, sus volcanes. Pero el mundo natural se muestra en estas im√°genes, al mismo tiempo, como √≠ntimamente integrado a la vida diaria de los seres humanos, como un fermento y un incentivo que han ido modelando las costumbres y trazando ciertas orientaciones que han marcado la existencia y definido los rasgos de la sociedad. Los Andes ya no son el enemigo, sino un compa√Īero dif√≠cil, un aliado imprevisible, un tutor severo, aunque entra√Īable y paternal.

París, marzo de 2001

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