Pablo Corral Vega Perú « pablocorralvega.com

Mi nombre ya no sé cuál es, se me ha olvidado con los años. Porque, ahí donde ustedes me ven, soy una mujer viejísima. Tampoco recuerdo qué edad tengo, pero eso ¿a quién le importa? Lo que importa es que aquí, en Paucartambo, nací, y que aquí me moriré…

Esto no es un cuadro abstracto de un gran pintor moderno enloquecido por la geometría y las simetrías y ansioso de capturar en su tela la luz azulosa y cárdena con que se despide el sol, cada tarde, tras las montañas del Cusco.

Ha muerto un danzante, un célebre bailarín que, por muchos años, alegró y dio color a las fiestas del pueblo, con sus pasos ágiles y evoluciones misteriosas y el chis chas de las tijeras que hacía chocar –sacándoles chispas- sobre su cabeza.

Como nacemos para morir, la muerte dura mucho más que la vida, y el cemeterio, donde vamos a reposar durante toda la eternidad, es nuestro verdadero hogar. Nuestra vivienda, nuestro barrio, nuestra aldea, son lugares de paso nomás…

Con los ojos cerrados, una expresión contrita, unos devocionarios en las manos y un rosario de cuentas blancas en el cuello, la señora reza al pie de la modestísima tumba de ese cementerio arequipeño, erigido por los pobres en pleno arenal…

Estuve todo el día en la Universidad, siguiendo mis clases de Derecho, y luego en la biblioteca, estudiando y preparando los exámenes. Ahora voy a mi casa a darme una ducha de agua fría y a cambiarme, para ir a trabajar.

A pesar del profundo dolor de la conquista, a pesar de las injusticias y maltratos propios de nuestra sociedad, a pesar de nuestra historia violenta, tenemos los dos mundos –el blanco y el indio- incorporados en nuestra cultura, en nuestra vida…