El Terremoto

Por Mario Vargas Llosa

 

Lo peor no es un terremoto, sino lo que viene antes y lo que viene después. Lo que viene antes, minutos o segundos antes de que arranque a temblar, es el ruido, un mugido sordo, profundo, que sube del fondo de la tierra y paraliza a las gentes de terror. Es un ruido que no se compara a ningún otro. Un ronquido, un gruñido, un estertor de piedras y rocas subterráneas que parecen decir: «Prepárense a temblar, pecadores.»

 

Cuando viene ese ruido hay que echarse a correr, a la calle si hay tiempo, o, si no, colocarse bajo el dintel de la entrada, que es lo último que se cae de las casas con la tembladera. Y, por supuesto, cerrar los ojos, y mientras la tierra se sacude y a veces cabecea como si se llenara de olas, rezarle una oración al Señor de los Temblores para no perecer aplastados ni quedar enterrados vivos bajo los derrumbes.

 

Después del terremoto vienen las réplicas, que son pequeños terremotitos o temblorcitos. Duran poco y no son tan fuertes. Pero, como la gente está con los nervios destrozados por lo que acaba de ocurrir, cada réplica provoca gritería, llantos y estampidas de pánico. A veces, las réplicas duran muchos días y por eso los vecinos sacan sus colchones y duermen en la calle, temerosos de que el terremoto se vaya a repetir.

 

Nosotros somos mellizas, una más oscurita y la otra más blanquita, pero idénticas. Hasta las canas y el peso son los mismos. Y siempre nos hemos llevado muy bien. El terremoto nos agarró esta vez en la cocina, preparando la comida. Pero, como ya es el quinto o sexto que hemos padecido, tenemos buenos reflejos y apenas oímos el ruido amenazador echamos a correr, al patiecito de atrás, donde está el corral de las gallinas. ¡Pobres gallinas! ¡Qué susto tenían! Se les saltaban los ojos y se daban de bruces contra la alambrada, tratando de escapar. Porque los animales sienten que se viene el terremoto antes que los seres humanos. También esta vez, segundos antes de que se oyera el ruido de la tierra, todos los perros del barrio comenzaron a ladrar, despavoridos.   ¡Pobres perros!

 

Ahí, en el patiecito, abrazadas, nos cogió el sacudón. Se remeció todo, de arriba abajo y de abajo arriba, y parecía que no terminaba de temblar. Las polvareda lo cubrió todo y el estruendo y los alaridos eran para reventar los tímpanos. Cuando paró y ya pudimos darnos cuenta de que volvía la vida, vimos que toda la casa se había desfondado, que no quedaba ni un pedacito de techo y apenas pedazos de paredes. Pero, lo más triste, tres gallinas habían muerto aplastadas por los adobes que cayeron sobre el gallinero. Nosotras tuvimos suerte. Salvo el susto y uno que otro rasguño, salimos indemnes. Ahora iremos a la iglesia, a darle gracias al Señor por salvarnos la vida, y en la tarde nos pondremos manos a la obra. ¡Después de cada terremoto hay tanto que hacer!