La ciudad y los cóndores

Por Mario Vargas Llosa

 

En los Andes, el ser humano tiene vocación de cóndor: subir, trepar las escaleras del aire, volar por encima de las nubes, divisar la tierra allá abajo, a los pies. Que lo digan, si no, esas ciudades que como Quito, La Paz y Cusco son tan altas que, más que aglomeraciones humanas, parecen nidos de esas grandes y orgullosas aves que, desde los altísimos picachos andinos, avizoran el paisaje en busca de presas sobre las que, una vez que las descubren, se precipitan como bólidos. No es imposible que ahora mismo, en este crepúsculo azul que se está volviendo noche, haya una hilera de cóndores encaramados en una de las cumbres que rodean a Quito, contemplando, entre enfurecidos y asustados, el soberbio espectáculo. ¿Quiénes osaron subir hasta semejantes alturas? ¿Quiénes construyeron sus refugios en estos ventisqueros y altiplanicies donde, por siglos de siglos, sólo se aventuraban los cóndores?

 

Las ciudades andinas atestiguan, cada una de ellas, la aventura heroica de muchas generaciones, para, venciendo los enormes obstáculos que una geografía endemoniada les oponía, levantar viviendas, amansar la tierra, aclimatar los animales y hacer la vida vivible para los pobladores. Ese manto de luciérnagas que se vuelve Quito cada noche, prueba que aquella empresa audaz, la conquista de los Andes por la civilización humana, no ha terminado todavía ni, sin duda, terminará nunca. Porque la naturaleza andina nunca ha sido dominada del todo, humanizada por el comercio con el hombre, como ocurre con otras geografías, en Europa o América del Norte. Todavía conservan algo indómito e incontrolable estas ciclópeas montañas, que, a veces, desatan su cólera en forma de terremoto o aludes, esos “huaycos” que sepultan pueblos enteros y siembran a su paso el terror y la muerte.

 

Por eso, no hay que fiarse de paisajes tan idílicos y suntuosos como éste, el de la miríada de luces de la altiva Quito, titilando en la noche. Porque allá, al fondo, maciza e intangible, la montaña de nieves eternas se mantiene siempre al acecho, en actitud beligerante.