Piedras de Sacsayhuamán

Por Mario Vargas Llosa

 

Esto no es un cuadro abstracto de un gran pintor moderno enloquecido por la geometría y las simetrías y ansioso de capturar en su tela la luz azulosa y cárdena con que se despide el sol, cada tarde, tras las montañas del Cusco. Éstas no son las recias esculturas de un gran escultor de nuestro tiempo, empeñado en eternizar, en sus obras, la materia, la vida mineral, tallando ciclópeas construcciones de piezas disímiles que se encajan unas en otras como las piezas de un perfecto rompecabezas.

 

Aunque parezcan tan modernas, tan artísticas, estas piedras son antiquísimas, los restos de una fortaleza que construyeron los Incas, para proteger ese ombligo del mundo que era el Cusco, la capital del imperio de los Cuatro Suyos o regiones, el Tahuantinsuyo, la civilización que, hasta la llegada de los europeos, abarcó tres cuartas partes de la América del Sur. Sacsayhuamán era una fortaleza y un templo, porque, para los incas, la religión y la guerra se confundían y eran una sola cosa, como el anverso y el reverso de una moneda. Esas piedras eran entonces murallas, terrazas, recintos, oratorios, depósitos de armas y alimentos. Desde lo alto de sus parapetos, los vigías divisaban los cuatro caminos que, partiendo del Cusco, unían la ciudad imperial con las innumerables comunidades, aldeas, pueblos y culturas que vivían dentro del imperio, en una coexistencia pacífica, en una unión en la diversidad que no se ha vuelto a repetir en nuestra historia. La enormidad y solidez de estas murallas simbolizaban el poderío y el orgullo de los dirigentes de ese gran imperio, que, según los historiadores, consiguió erradicar el hambre de su vasto territorio, una hazaña que tampoco ha tenido continuación en la época moderna. Estaban muy confiados en sí mismos los hombres que, trabajando por millares, acarrearon estas gigantescas piedras, y las cortaron, limaron y ensamblaron con destreza y sabiduría que todavía nos deslumbran. Creían que el imperio era inmortal, como los Andes o el cielo, y eso los perdió. La complacencia y las divisiones y ambiciones dinásticas los precipitaron en guerras intestinas, que los conquistadores aprovecharon para someter al Tahuantinsuyo y destruirlo.

 

Las piedras de Sacsayhuamán son también testimonio de esa tragedia histórica, que convirtió en vasallos y siervos a quienes habían creado una de las civilizaciones más originales y avanzadas del mundo antiguo. Una tragedia que, aunque hayan pasado varios siglos desde que ocurrió, ha dejado heridas que siguen abiertas, supurando. Como estas hermosas y tristes murallas rotas y separadas de Sacsayhuamán.