Yo soy soldado

Por Mario Vargas Llosa

 

Yo soy soldado y estoy orgulloso de serlo. Si hace diez años me hubieran dicho que un día andaría rapado y de uniforme, hubiera soltado la carcajada. ¡Yo, soldado! A mí, lo que me gustaba era la jarana, el trago, el baile y, sobre todo, las muchachas. Mi sueño era pasarla bien, sin tener que trabajar mucho, y encontrar un día una mujer que me mantuviera.

 

Pero, una tarde que entró una patrulla a un barcito del barrio en busca de reclutas, me echaron el lazo aprovechando que andaba medio borracho y sin reflejos. Me llevaron al cuartel, me pidieron los papeles y decidieron que me tocaba hacer el servicio militar. Me raparon, me quitaron las ropas de civil y me embutieron el uniforme caqui. Los instructores me dieron tantas patadas en el culo durante la instrucción que, desde entonces, tengo las nalgas escaldadas. Pero lo hice bien y, al poco tiempo, el Ejército empezó a gustarme. La disciplina, la organización, la seguridad, todo eso. El oficial jefe de mi sección me decía: “Tienes pasta de soldado”. La tengo, porque, además de saber obedecer, también sé mandar y me distingo por mi buena puntería. Por eso me han hecho cabo y, al paso que van las cosas, pronto seré sargento, y no pararé hasta ser suboficial

 

Para el poco tiempo que llevo en el ejército ya estuve en tres revoluciones, la mar de divertido. Cuando hay revolución, mejora el rancho y nos dan propina doble. Y hay mucha excitación y chismorreo en la cuadra, tratando de adivinar quién será el que termine de Presidente. Porque, si es el general, el jefe de nuestro regimiento, nosotros, quiero decir mi batallón, mi compañía, nos iríamos para arriba. A lo mejor me destacarían a la guardia presidencial, ésa que cuida el Palacio de Gobierno. Allí se pasa uno la gran vida. Come como un rey y no hay muchacha que se resista.

 

Esto de venir a escoltar al Cristo, durante la procesión del Viernes Santo, tiene sus inconvenientes. A mí, por ejemplo, el olor a incienso me hace estornudar y durante todo el recorrido hay curas y beatas que van quemando incienso. Tengo que aguantar el estornudo -un soldado estornudando cuando hace guardia de honor causa mala impresión- y a veces no puedo y reviento. Por otra parte, cuando llega la noche y la gente se va animando, ya no es tan fácil contener a las devotas que quieren romper las barreras y tocar el anda del Cristo, para echarle flores y pedirle dones. Las peores son las beatas, que empujan y chillan como histéricas. Y hay que tratarlas bien, porque estamos en una procesión, no en un mitin o una huelga, donde está permitido tirar palo, y, en casos extremos, disparar. Yo, de alguna procesión he salido pellizcado y rasguñado por estas brujas.